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Lupito

Recuerdo perfecto estar en la oficina de mi jefe y que mientras hablábamos de cierto tema, él notaba que yo estaba llena de ronchas en cara. Terminando esa reunión él cómo haría un buen Gerente de RH me pidió que fuera a revisarme a enfermería, yo en su momento sólo lo atribuía a una cuestión de estrés o nervios. En consulta con el médico de la empresa las opciones y los probables diagnósticos eran varios entre ellos siempre se hacía presente un problema de tiroides debido al gran tamaño de cuello, yo juraba que era una desafortunada bella herencia de mi padre.


Después de ese momento mi vida dio un giro de 180 grados. En el transcurso de unos meses me la pasé visitando doctores que me daban dietas de eliminación de alimentos que no hacían más que darme hambre, otros que me daban dosis altas de medicamentos y otros que con toda su buena intención, me mandaban a hacer estudio tras estudio.


Un martes me presenté a trabajar y recuerdo que me veía morada y apenas si podía hablar, yo no entendía qué pasaba, pero la noche anterior yo sentía que no podía respirar, y obviamente cuando mi jefe y el personal médico me vieron me regresaron a casa. Resultaba ser que uno de los medicamentos que me había quitado un doctor me dio un "efecto rebote" y, en términos mortales (que yo entendía) se me estaba cerrando la garganta, gracias a Dios, no pasó a mayores.


Al paso de los meses y siguiendo con estas ronchas y ahora un diagnóstico de alergía dermográfica empecé a presentar inflamaciones y dolores articulares, pero no eran algo realmente notorio. Un lunes de trabajo regular estuve sintiendo dolor en mi vientre y como no es novedad, lo asociaba a cólicos menstruales y sólo fui a la enfermería para ver si me podían dar algo para que bajara el dolor. Al termino de mi jornada laboral yo sentía que el dolor se mantenía muy presente y llegando a casa de mi abuela para ver a mi padre, que venía a visitar de fuera, le pedí me acompañara a hacerme un ultrasonido porque no me sentía del todo bien. Cuál fue mi sorpresa que el ultrasonido revela que mi apéndice está a tal grado de inflamación que no ha reventado porque mis intestinos lo están conteniendo y porque he sido muy afortunada en la vida.


Recuerdo que al marcarle al Doctor de mi trabajo me pidió verlo en urgencias porque necesitaba internarme para ver si me hacían cirugía ese día o al día siguiente, yo no quería, estaba negada porque: una, ¡qué nervios! cirugía y dos, era una "workholic" comprometida con mis pendientes y trabajo antes que con mi salud (y digo era porque si algo me ha enseñado Lupita Parkin es que el amor propio es primero). El caso es que entre un lunes al hospital y después de varias pruebas para asegurar que no corría riesgo en la cirugía, por mis múltiples síntomas sin diagnóstico, me operaron para extraer mi apéndice con éxito. Sin embargo, después de esa operación yo sentí que mi vida se vino abajo porque mis síntomas empezaron a empeorar y mi cuerpo dolía cada vez más y más. Así pasaron algunas semanas y seguí yendo a ver doctores para poder entender por qué mi cuerpo dolía como dolía y porque mi piel estaba constantemente enrojecida. Y pasaba lo mismo que con anterioridad, más estudios, más medicamentos, más posibles diagnósticos.


Hasta que uno de mis médicos internistas al integrar todo mi historial médico, estudios, historia clínica y demás, llegó a la conclusión de que mi diagnóstico era Lúpus. Y en ese momento, se congeló todo, a partir de ese momento ya no estaba escuchando nada de lo que me estaban diciendo alrededor de mí, yo sólo podía pensar en la palabra L Ú P U S y todo lo que eso podía implicar en la vida de alguien, en la vida de mis padres, en la vida de mi Fer, en mi vida. No supe ni cómo salí del consultorio del doctor. Gracias a Dios mi mamá o Fer siempre me acompañaban a todo. Y ese día fue como conocí a Lupito, mi nuevo compañero de vida.







#Lúpus